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31/7/08

Sabuesos de cadáveres



Por Darío Dávila en Guamuchil, Sinaloa

Su nariz era tan grande que parecía tener vida propia. Las fosas se le abrían tanto que emulaba a un atleta buscando el oro en los cien metros.

Quería –por así decirlo- cruzar la meta que lo llevara a su premio: saber el nombre de aquel policía que fue agujerado de tantos disparos en el bulevar Emiliano Zapata.

Dicen los colegas que el olfato de los empleados de las funerarias, es proporcional a la violencia. La fórmula es sencilla: entre más sangre, más fuerte es el aroma que los hace llegar hasta los cadáveres. Porque dependiendo del muerto, es la comisión.

“Siempre se están peleando por ganarse a los muertitos”, confiesa un reportero gráfico que ha acudido al bulevar Zapata. Habría que creerle porque a su lado, uno de estos sabuesos de cadáveres tiene la mira puesta en una camioneta con el cuerpo de un policía ministerial. Sobre el asfalto, ha quedado embarrado el caucho, después de que los disparos, hicieran pedazos los neumáticos de la camioneta.

- ¡Eh, compa! ¿ya tienes el nombre?, pregunta uno de los empleados de la funeraria San Martín, quien aprieta en su mano derecha un radio donde alguien más le responde: “…Mejor jálate a Los Pinos. Acá hay un 41 (clave que indica que existe un muerto), pero ¡ya!, jálate.

Sí, parece que de nuevo su nariz piensa sola. El empleado de la funeraria aborda su camioneta y se pierde calles arriba. Pero no todo está perdido. Porque su chamba también le permite cruzar información con policías, agentes y reporteros.

Entonces, antes de marcharse, deja a otro de sus colegas a cargo de la cacería del cadáver. Cuadras arriba, el manjar de la comisión podría ser mayor. ¡No lo sueltes, compa!, alcanza a decir.

Dicen los científicos que la hemoglobina da ese color rojizo a la sangre. Pero al contacto con el medio ambiente, las células de la sangre comienzan a morir. Entonces ese olor, que muchos describen como “olor a hierro”, aparece y se pega a la nariz. Ayer ese aroma, impregnó varias casas en la colonia Los Pinos de Culiacán.

El aroma trajo a los cazadores de cadáveres. “¿A quién busca señora?”, dice un funerario a una mujer, que desesperada manotea al aire y pregunta si allá adentro, en el taller donde murieron 9 personas, está su hijo.

Antes de responderle a la señora que ha de acariciar los 50 años, tres sabuesos se aproximan: “¡A ver, trae la lista!”, pide uno de ellos y suelta: “Sí, está allá adentro”.
A su costado, una camioneta para transportar cadáveres parece cobrar vida. Es como si esperara una luz verde, para arrancar vertiginosamente hasta la entrada del taller batido entre grasa y sangre de los cadáveres.

Los minutos pasan y los empleados de funerarias parecen desesperarse. El calor remilgoso los ha curtido. Están diseñados para tener paciencia. Porque también la paciencia es una forma de ganar. Ellos lo saben. Ha de ser por eso que desde lejitos, parados en la defensa de su camioneta, o muy cerca de los familiares, estos cazadores de cadáveres, esperan mientras las fosas de sus narices se amplían al filo de una banda amarilla colocada por la policía que impide el paso a su comisión: los cadáveres.

Un éxodo llamado miedo




Por Darío Dávila
El Pozo,Sinaloa.- Si uno se para sobre una loma verá que El Pozo hace honor a su nombre. Está hundido en el calor. Hundido a las faldas de un cerro. Hundido en sus calles de tierra tan llenas de animales esqueléticos y tan pobres de niños.
Dice la señora Martha González que todo esto que pasa en El Pozo es cosa de fe. Que si el pueblo está como está; hinchado de miedo y vacío de policías, es porque la gente ha perdido la fe. Porque aquí la vida está rentada. Y eso –la vida- no es algo que se pueda comprar.
Lo sabe bien Julián. Porque justo a un lado de su casa está un corral abandonado desde hace semanas. “Desde que mataron al dueño, sus animales andan como locos, luego se andan peleando por la poca agua que hay”. “Sí los que vinieron por él andaban todos enriflados”.
No es fácil abrir la boca en estos retazos de polvo llamados calles. Por eso es que Julián, sin apellido, porque así lo pidió y por que su vida lo vale, habla quedito. Tan bajito que uno debe pegar el oído a su aliento seco y agrio. “Mire amigo, mejor guarde su libreta, que no lo vean apuntar, no sea la de malas”.
Cuadras abajo, donde la calle parece espiral, Julián sabe que hace días El Pozo volvió a hundirse en sus historias. “Eran como las siete, cuando llegaron las camionetas con los pistoleros… ”.
Basta mirar la calle para imaginar la escena. Porque aquí a las siete de la tarde del 25 de junio, cuando murieron tres hombres y un adolescente, todavía había luz. “Sí, todos los chamacos andaban jugando a esa hora cuando llegaron en las camionetas, bien recuerdo que traían los vidrios un poco abajo con las armas de fuera”, confiesa otro vecino que pide no dar su nombre.
Debieron entrar por el único camino que lleva a la sindicatura. “Se fueron directo hacia la casa de la gente. Yo me acuerdo que toda la plebada que andaba por ahí se fueron a fijar qué pasaba…hasta que se oyeron los tronidos”, agrega el habitante.
“Dice mi amá que algunos gritaban que se iban a chingar a todo el pueblo, y a todo aquel que se asomara. Desde que pasó aquello, todo volvió a ser como un rancho fantasma. Ayer mismo el Ejército se llevó a varias familias”.
Uno podría caminar por el laberinto de estas calles con pequeños canales de aguas negras y escuchar el zumbido de las moscas, la desesperación de los animales con hambre y algunos perros que se quedaron en las casas vacías.
“Sí, la gente se fue. Tiene miedo. Los soldados sólo vienen cuando hay muertitos. Pero mire –dice el señor Luis mirando hacia la calle inclinada- aquí hay un buen de terreno para que pongan un cuartelito”.
El señor Luis, vive a unas cuadras de las casas abandonadas. Todavía hay un poco de agua en las piletas. Sus caballos, tan flacos que se chupan todo lo que parezca agua, deambulan en círculos.
Una mujer anciana, que ha quedado amurallada entre dos casas solas, confiesa: “Vinieron los militares para acompañarlos y sacar todos sus tiliches. Y pues se llevaron todo lo que pudieron”.
-¿Y por qué usted no se va?, le pregunta el reportero.
- ¡A dónde, si no tenemos nada…!

Pero no siempre el éxodo tiene sabor a miedo. “Pues uno no sabe porqué se va la gente, ha de ser porque andan en cosas malas ¿o no?”, sugiere la señora Martha González a quien parece no incomodarle la soledad del pueblo: “Pues allá en Culiacán las cosas andan igual o peor, ya ve que en la semana mataron a seis”. “Yo pongo mi aire y en las noches, cuando las balas suenan yo me encomiendo a Dios, duermo tranquila”.

Ella está segura de que si la gente rezara, otra cosa sería. Mire –señala al fondo del camino- allá está la iglesia pero la gente no va al rosario. “Ayer vino el padre de Culiacán, José Romero, a decirnos que nosotros también tenemos la culpa porque dejamos que los hijos andan comprando pistolas y no les llamamos la atención”.

Antes, según la señora Martha, las cosas eran distintas. “Antes bajaban de Chalatón a robarse a las muchachas de los bailes. Bien me acuerdo que hasta tenían que recogerse la falda para echarse a correr”.

- ¿Dice que la gente no tiene fe?, se le insiste a la mujer.
- Así nos dice el padre que no hay fe, que por eso la iglesia está sola.

Y tiene razón. El eco de un rosario sale del fondo de una capilla con una vieja campana en la entrada con la que se llama a misa. Siete mujeres rezan y conforme pasan los minutos se incorporan dos más. “Dios te salve…”. Pero el eco del rezo se va perdiendo entre la soledad de una capilla con castillos de maltrechos de varilla que sobre salen en su techo.

Pero ni la fe puede con el miedo. De plano hay quien no puede largarse porque no tiene a donde ir. “¿A dónde más se puede ir uno?”, pregunta un viejo habitante que lava trastes y ropa mientras sus nietos se asoman al cerco de varas.

- ¿Y qué pasara con El Pozo?
- Pues la gente se va estar yendo, allá atrás –dice mientras señala el camino de al fondo- todas esas casas están vacías.

Hay veces que la memoria es silenciada. Una de las vecinas que habita justo en frente de una de las casas donde pistoleros sacaron y remataron a su dueño, no desea conversar. De entre un pasillo, asoma, uno de sus familiares. Un muchacho que confiesa que esa familia (la de enfrente) se marchó este domingo escoltada por los soldados.

Un testimonio más coincide. “Se esperaron hasta que sacaron todo. Me acuerdo que ahí estaba uno de los coches de los guachos. Después, las familias se fueron con ellos. Ahora todo está vacío”.

Y sugiere: “Sólo le quiero pedir un favor, no diga mi nombre: ya ve cómo andan las cosas”.

En El Pozo, los remolinos del viento serpentean por las calles desordenadas. Algunas camionetas que pasan levantando el polvo, casi siempre enciende la alerta. La gente las mira pasar de reojo. “Uno nunca sabe, yo por eso no quiero que mi nieta ande en la calle. Porque aunque la casa está cerca, a mi se me haría bien lejos si algo así vuelve a pasar”.

Este rancho se va muriendo de poquito. Entre sus cuentos con olor a pólvora. “Mire- confiesa otro vecino- yo me acuerdo que aquí el año pasado se encontraron los guachos con unos plebes del Betón, que iban en búsqueda de El Charrito. Y hubo un momento que los plebes pusieron de punta los cuernos y los militares se siguieron de frente…”

“….Aquí no hay Ley ese gente (los pistoleros) hacen lo que quieren y la merca (la mariguana) se las compran siempre”.

El éxodo en El Pozo, parece no detenerse. Cuando uno abandona la ranchería nadie dice adiós. Y si acaso, ladrará un perro de una de las casas vacías, ya sin niños y mujeres, ahora viudas.

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